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eMujeres | Edición Marzo

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Cuento corto: Sables rojos

Cuento corto: Sables rojos
Cristina Goddard

Nunca fui supersticiosa, hasta el aciago día de mi entrevista con Irina Spiegel. Es verdad que siempre tuve opción de cancelarla, aunque hubiera sido a última hora, pero pudo más en mí la curiosidad que la prudencia. ¿Curiosidad? No sé. Quizá fue la insistencia de Gertrudis y mi deseo de no contrariarla. Después de todo, es mi hermana mayor y quien ha visto por mí desde que tengo memoria. Sí, ya sé que somos adultas, mujeres hechas y derechas, ambas autónomas e independientes. Pero a veces los afectos son como telarañas que alcanzan rincones ocultos, te atrapan cuando menos te das cuenta. Piensas que zafarte es muy sencillo, pero al intentarlo, te enredas más y más hasta quedar inmovilizada. Supongo que algo así pasó conmigo y que por eso, una tarde, me vi frente a frente con la cartomántica.

No fue lo que me esperaba. En mis conjeturas previas desfilaban carpas de seda, salones oscuros con cirios, conjuros y símbolos esotéricos, mujeres desdentadas de edad imposible, esferas de cristal y secrecía. El día de la cita, Gertrudis me llamó por teléfono para darme la dirección: un departamento en Jardines de la Montaña. “Hay valet parking, Silvia. Pero lleva una identificación para dejarla con el portero y la recoges a la salida. Es un conjunto muy exclusivo y por eso las medidas de seguridad. Te espera a las cinco en punto de la tarde,” dijo mi hermana con voz neutral. No había marcha atrás, aunque ahora en retrospectiva sé que pude muy bien cancelar la entrevista o simplemente no presentarme y punto. Pero no lo hice.

El elevador me llevó hasta el piso diecisiete y las puertas se abrieron para darme acceso directo a una amplia estancia con una vista panorámica de los volcanes. Una mujer joven, distinguida y cálida me esperaba con una sonrisa a flor de piel. Irina Spiegel vestía unos pantalones de lana, corte y caída perfectos, blusa camisera sport, mocasines y perlas. Casual, elegante y refinada. Me abordó de inmediato:

—Silvia, pasa por favor y toma asiento. No, mejor aquí en esta mesa camilla. Elige la silla que prefieras, lo importante es que estés cómoda. ¿Te ofrezco café, té, agua, un refresco?

—Mucho gusto y muchas gracias. Un café negro está bien. Sin crema ni azúcar.

—Ya te lo traigo. ¿Te gusta la vista? En lo que regreso disfruta del paisaje. Tienes suerte, pues la tarde es espléndida. Ya verás cómo te relaja.

Irina desapareció tras una puerta abatible y yo me concentré en el panorama que tenía frente a mí. Y sí, debo admitirlo, me distendí tanto que cuando ella regresó con el café y un vaso de agua, me sobresalté como si despertara de un sueño profundo y largo.

—Perdóname, no quise asustarte.

—No sé qué me pasó, estaba completamente ausente. Tenías razón, esta vista relaja a cualquiera.

Tomó entonces su lugar frente a mí, mesa camilla de por medio, y asentó sobre ésta un mazo de naipes nuevos, en su caja y envueltos en celofán. Dio un largo sorbo a un vaso de agua de limón, me miró a los ojos, sonrió y dijo:

—Abre el paquete de cartas, sosténlo entre tus dos manos, la izquierda abajo y la derecha arriba. Infúndeles tu energía y cuando sientas que las cartas irradian calor, deposita el mazo en el centro de la mesa.

Seguí las indicaciones. Saqué las cartas de la caja, retiré el celofán y pasados algunos instantes sentí un hormigueo en las palmas de las manos, luego calor intenso, tanto que me costó trabajo no arrojar el mazo y tuve que esforzarme para colocarlo delicadamente entre Irina y yo. Me pidió entonces que lo dividiera en tres montículos, que tomara el de la izquierda y lo cubriera con el del extremo derecho para luego colocar debajo el mazo central. Posteriormente tuve que barajar las cartas tres veces seguidas y volver a colocarlas, en un un solo montículo, en el centro de la mesa. Fue entonces cuando Irina tomo las cartas y, con gran soltura y agilidad, las dispersó por toda la mesa en un arreglo de siete columnas por cuatro filas, todos los naipes ocultos.

—Verás, Silvia, aquí hay cuatro filas. La más cercana te representa ti, la que sigue es tu pasado, ésta es tu presente y la última, la más alejada, es tu futuro. Veamos quién eres…

A partir de ese momento, Irina me tenía en sus manos. Mi escepticismo se había desvanecido como por arte de magia y escuchaba, fascinada, todas y cada una de sus palabras. Me describió con lujo de detalles, como si me conociera de toda la vida. Hizo referencia a eventos de mi pasado sólo sabidos por mí, trazó un mapa certero de mi presente, cubriendo con precisión todas las áreas, inquietudes y circunstancias de mi realidad y contexto. Vino entonces el momento crucial.

—Hasta aquí, ¿alguna pregunta?

—Ninguna, has acertado en todo. Puedo decirte que sabes más de mí que yo misma.

—Nos queda, pues, esta última fila de naipes. Es tu futuro. Podemos dejarlo así, si tú quieres. No destapamos las cartas y sigues adelante con tu vida dejando que el porvenir te sorprenda.

—¿Cómo? Pensé que la finalidad de todo el ejercicio era precisamente conocer el futuro.

—Podemos hacerlo, pero es mi obligación preguntarle al solicitante si de verdad desea conocerlo. Algunos dicen que sí, otros que no. Tú decides.

—Sí.

Irina Spiegel fue volteando carta por carta, prediciendo eventos, situaciones, encuentros, personas y circunstancias que habría de encontrar en mi futuro. Al llegar al último naipe, no dijo palabra alguna, fijó la mirada en la carta  y respiró hondo. Sintiendo mi zozobra, levantó los ojos hasta encontrarse con los míos y dio su veredicto:

—Una lluvia de sables rojos marcarán tu destino irremediablemente.

—¿Qué? No entiendo nada.

—Lo siento. No puedo decirte más. Manténte alerta.

De nada sirvieron mis ruegos, insistencia y amenazas. Irina Spiegel no volvió a proferir palabra. Siempre sonriente, se levantó y caminó hacia el elevador a manera de despedida. Desconcertada, saqué de mi bolso un sobre con la cantidad que me había dicho Gertrudis y lo dejé sobre la mesa. Se abrieron las puertas del elevador, entré y vi por última vez a la cartomántica antes de que se cerraran por completo. Una sensación de finalidad me envolvió por completo. Sentí que no sólo se cerraban las puertas del ascensor, sino mi vida como la conocía hasta entonces. Empezaba un nuevo capítulo.

Pasaron los días, las semanas, los meses… Con el transcurrir del tiempo disminuyeron mi desconcierto y angustia hasta evaporarse por completo. La sesión de cartomancia quedó registrada en mi memoria como una anécdota curiosa y nada más.

Dos años más tarde conocí a Heriberto y me enamoré locamente, a pesar de todo su bagaje: divorciado varias veces, sin dinero, alcohólico. Era un amante sensacional y yo estaba dispuesta a todo por él. Me dijo que conocía a un juez en Morelos que podría casarnos sin mayor trámite, que no podía vivir sin mí, que yo era el amor de su vida. Cuando se lo conté a Gertrudis, puso el grito en el cielo, me amenazó, rogó, suplicó que no lo hiciera, que no tirara mi vida por la borda. Sus palabras cayeron en oídos sordos.

A mediados de marzo (debí haberlo sabido: días inmemoriablemente nefastos), Heriberto pasó por mí en un convertible prestado y tomamos la carretera a Cuernavaca, pasamos Jiutepec y nos desviamos en Alpuyeca para llegar a Puente de Ixtla donde nos casó el juez Manrique en el registro civil de la localidad. Tomamos unos tequilas para celebrar y emprendimos rumbo a Acapulco donde pasaríamos nuestra luna de miel. Antes de llegar al entronque, el auto perdió tracción en una curva y caímos quince metros al precipicio. Un colorín centenario detuvo la caída.

Yo salí más o menos bien librada del accidente y me recuperé enseguida. No así Heriberto, quien quedó parapléjico. La ley es muy clara: el cónyuge con ingresos y capacidades físicas suficientes, es responsable del cónyuge minusválido y desempleado. Desde hace quince años mantengo, cuido y aborrezco a mi marido.

Una imagen no se me olvida: abrir los ojos después del accidente, el coche destrozado, sangre, y una lluvia de sables rojos cayendo del árbol.

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