Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image

eMujeres | Edición Marzo

Scroll to top

Top

No Comments

Septenios

Lorena Careaga Viliesid

Bien sabemos, aunque nunca está de más repetirlo, que avanzamos por la vida en septenios. Parece una leyenda urbana que, sin embargo, cobra realismo cuando observamos de cerca nuestras vidas y nos preguntamos “¿dónde estaba yo hace 7 años?” O, para el caso, ¿hace 14 o bien 21 y hasta 28?

Para quienes le concedemos voz a la astrología como una práctica de sabiduría acumulada en siglos de experiencia, los ciclos de vida aparecen representados por los movimientos, de 7 en 7 años, de la Luna y de Saturno. Pero también hay bastante escrito sobre las crisis cíclicas de la edad adulta, la “comezón del séptimo año” y todo eso. No me meteré en la pseudociencia de la antroposofía ni en la teoría de la evolución de los chakras, ni en aquella que se refiere a las crisis económicas mundiales, ni en la supuesta renovación cíclica de las células del cuerpo. Seguro hay algo de cierto y mucho de invento. Me limito a compartir episodios de mi historia personal y lo que hoy, de madrugada, pensé al despertar.

Ahora que he concluido una etapa que duró 7 años – la de la redacción de la tesis y la obtención ¡por fin! del doctorado – veo que marca un hito en mi existencia, no solo porque he cumplido ese mismo número de años trabajando en la Biblioteca de la Universidad del Caribe, sino que ha transcurrido un septenio desde mi salida definitiva de Chetumal en el 2007 y mi llegada a Cancún; es decir, un cambio total de actividades, de paisaje y de perspectiva. Hoy me encuentro en el umbral de otro ciclo, y debo decir que estoy lista para reinventarme una vez más.

El 2000, catorce años atrás, fue un año de órbitas en colisión con la enfermedad y la muerte. Fallece mi hermano Juan Antonio, yo voy a dar por primera vez al hospital con una hernia de disco y meses después de nuevo, con una fractura mínima en el codo después de una milagrosa caída de cabeza por unas escaleras (milagrosa porque no pasó a mayores). Sin dudar un instante que esas crisis ameritaban una acción pragmática de mi parte como el mejor medio para superarlas, jugué con la posibilidad de la tanatología y opté, junto con dos amigas, por la educación para la prevención del VIH/SIDA, actividad que se prolongó fielmente durante aquel ciclo.

Ese año 2000 – lo puedo ver desde la perspectiva de hoy – simboliza una importante transición hacia la edad adulta (que, como se sabe, nada tiene que ver con la edad cronológica). A esa transición fui catapultada aproximadamente un septenio antes por la muerte de Queenie. Mi madre se cayó de cabeza por unas escaleras y murió a consecuencia de ello en marzo de 1994, hace 21 años. Este evento cimbró a fondo los cimientos de nuestra familia, con consecuencias de todo tipo, particularmente una pérdida de la brújula de la vida. No porque ella fungiera al final de su existencia como tal, sino porque su muerte nos dejó no sólo huérfanos, sino extraviados y aturdidos, presa fácil de la confusión y el quebranto. Mi vida durante ese año estuvo plagada de decisiones erradas y proyectos malogrados; necesarios, no obstante, para madurar en momentos en los que, a mis 40 veranos, soberbiamente creía saberlo todo.

¿Y dónde estaba yo hace 28 años, aproximadamente en 1987? ¿Y en el inicio de la década de los ochenta? Cuando más me remita hacia el pasado en bloques de 7 años, llego a aquel en el que me casé por primera vez a mis 21 recién cumplidos, o bien a aquel en el que inicié la secundaria y me estrené como púber y adolescente, o más atrás aún, cuando todas las consejas populares afirman que se comienza a tener uso de razón… Y si hoy me encuentro en el umbral del siguiente ciclo, ¿qué me espera en el próximo septenio? No sé, pero ya estoy sintiendo el cosquilleo…

Submit a Comment